Parece apenas justo que reactive mi blog con la hiperfijación de moda que desde noviembre 28 de 2025 me tiene encarcelada en una hermosa prisión sin querer salir. Tiren la llave al mar, estoy bien aquí. También es justo que le dé a mi hiperfijación previa la importancia que se merece, antes de sumergirme por completo en el tema en cuestión.
En noviembre de 2024 (mis 2 últimos noviembres han sido la mar de divertidos) descubrí la serie noruega Skam creada por Julie Andem, y su tercera temporada me abrió la ventana al romance gay lindo, menos edulcorado que Heartstopper y menos agresivo que Young Royals. Alejada de tragedias por golpizas, enfermedades mortales, rechazos familiares o ambientes tóxicos, y más cercana a la experiencia universal adolescente que Euphoria o Skins, la temporada 3 de Skam es algo único. Un par de cagones con problemas como los de cualquier persona, se enamoran en medio de fiestas, cortas interacciones en el colegio, y largas conversaciones en sus habitaciones. Ser pansexual o gay no los define, son más que estereotipos, y se sienten como personas reales.
Es tan importante la huella de Skam en Europa, que después de adaptaciones en Francia, Alemania, España, Italia y Bélgica, se sigue adaptando, justo ahora estamos viendo la de Croacia, y cada una tiene su marca. Es un fenómeno medio silencioso a este lado del charco, pero que todavía resuena después de 10 años de su estreno.
Ser fan de Skam me llevó por caminos que no esperaba recorrer. Queriendo leer más que fan fics (de las cuales Skam tiene por toneladas, y son buenísimas), comencé a buscar libros publicados de romance M/M (Male/Male), y llegué a la literatura de hockey y romance gay. Decir que desde que leí los libros de Game Changers a mediados de 2025, ignorando que habría serie de Heated Rivalry, estoy inmersa en la obsesión, sería mentir, ya que ni siquiera llegué a la historia de Ilya y Shane primero, pero, habiendo terminado un pedazo del contexto no pedido, vamos por partes:
Por allá en septiembre de 2016, la señora Rachel Reid publicó en ese maravilloso sitio llamado Archive of our own una historia llamada Game Changer, una fan fiction sobre Steve Rogers y Bucky Barnes del universo Marvel ambientada en NY, con algo de hockey on the side. En esta historia, además de personajes queridos por el público como Natasha Romanov, Nick Fury y María Hill, había un personaje menos que secundario que llamaba la atención, un jugador joven de hockey que constantemente le hacía bullying a Steve por su edad: Pietro Maximoff (esta información será importante más adelante).
Pronto, llamó la atención de casas editoriales interesadas en el dulce romance gay entre un jugador de hockey y un barista (?) de smoothies. Esta fan fiction se convirtió en el primer libro de la serie, y aunque mantuvo su título original, obviamente cambiaron ciertos detalles de la trama y los nombres de sus protagonistas: Steve Rogers pasó a ser Scott Hunter, Bucky Barnes pasó a ser Kip Grady... y Pietro Maximoff pasó a ser Ilya Rozanov, protagonista de Heated Rivalry, el segundo libro en la serie y el culpable de este desmadre mediático de los últimos meses.
Llegué a la serie de libros Game Changers de Rachel Reid por el número 5: Role Model, protagonizado por una pareja que conoceremos en la temporada 2 del show si tenemos suerte. En general en estas series de libros el primero no es usualmente el mejor, lo he aprendido de mala manera, leyendo bodrios infumables hasta llegar a los libros 3 o 4 donde otras series literarias comienzan a tomar forma, así que leí algunas sinopsis y me decanté por el romance de un jugador de hockey gay aún en el closet y el manager gordito de redes sociales del equipo en el que juega. La forma de escribir de Rachel Reid me atrapó de inmediato, porque es directa, divertida sin obviedades y sin exageradas descripciones físicas, pero un detalle resaltó para mí en este libro. Un personaje absolutamente encantador. Un tipo ruso con exterior rudo y corazón de oro llamado Ilya Rozanov. Tras terminar Role Model, que me encantó, supe que Ilya era el protagonista de los libros 2 y 6 de la serie, y, obvio, estos libros fueron los siguientes que entraron a mi aplicación Kindle.
Como suele ocurrir en las series literarias que tienen un hilo común, pero cada libro tiene autonomía de tópicos, clichés y personajes, Heated Rivalry es todo lo que Game Changer y Role Model no son. No solo es más sexy y más divertido (Ilya Rozanov es uno de los personajes más graciosos que he leído, incluso cuando batalla con sus propios demonios), sino que se toma más tiempo para navegar emociones por fuera del mero deseo corporal, lo cual hace del anhelo el vehículo, y de la admisión de sentimientos la verdadera meta y no solo el camino previo a la pasión.
Y ese es el encanto en esta historia.
Jacob Tierney, el director, guionista y productor, llegó a la versión en audiolibro de Heated Rivalry durante la pandemia. Siendo el realizador inteligente que es, vio el obvio potencial, compró los derechos, e intentó vender la idea a diferentes platafomas, pero se vio enfrentado a opiniones en detrimento de la calidad de TV que quería hacer, así que decidió quedarse en casa, en Crave, una plataforma de streaming canadiense que le dejó crear la obra como la deseaba, manteniéndose fiel al producto base y a si mismo.
Un golpe de genialidad y suerte fue encontrar al reparto perfecto. Lejos de nepobabies, y probablemente sin presupuesto para poder pagarlos, la serie le apostó a 2 caras poco reconocidas como protagonistas: Hudson Williams (canadiense) y Connor Storrie (estadounidense), cuya química salta de la pantalla. Hudson, de 24 años, cuenta con una trayectoria... ¿curiosa? en cortos independientes y universitarios. Su divertidísima huella digital puede encontrarse en YouTube, y no tiene presa mala. Connor, de 25 años, tiene una trayectoria con menos proyectos conocidos, pero cuenta con un papel determinante en esa terrible Joker: Folie á deux, que no es terrible por él, cabe aclarar.
Para quienes no disfrutamos tanto el cliché del fuego lento (romance en el que los protagonistas se toman eones para admitir sus sentimientos y expresarlos físicamente), un fuego lento emocional con sexo temprano es refrescante. Si a eso agregamos el cliché de enemigos o rivales a amantes, la receta es una absoluta delicia. El camino indirecto al romance es una de las cosas que hace que esta historia se sienta distinta.
Sí, por supuesto que el sexo entre dos veinteañeros que parecen esculturas renacentistas es el gancho que atrapa en la serie, pero ver cómo poco a poco dos personajes absolutamente cerrados por sus circunstancias abren sus emociones el uno al otro, es la cereza de un muy sexy pastel.
Connor Storrie y Hudson Williams no pueden ser mejores para sus papeles. La química es evidente, pero también lo es el respeto por sus personajes. Quienes han visto la serie alaban ampliamente la capacidad de Storrie para adoptar un marcado acento ruso y hablar el idioma con fluidez en varias escenas, pero quienes no están familiarizados con la personalidad burbujeante de Williams o la dulzura intrínseca de Storrie en entrevistas, tal vez no llegan a comprender el cambio de 180° que sufrieron ambos al meterse en la piel de los personajes: el canadiense para convertirse en el contenido y metódico Shane Hollander y el estadounidense para vivir como el sarcástico y chabacano Ilya Rozanov.
La buena calidad del show no se limita al reparto y al libreto, también abarca el sentido estético del producto. Con un presupuesto reducido que obligó a los realizadores a ser creativos, lograron planos y manejos de cámara cinematográficos, locaciones hermosas, vestuario de nivel superior, y gracias a ese trabajo bien engranado el show parece costoso sin serlo. Incluso algunas de las escenas son fuente constante de risas para los fans como las hijas fantasma de Hayden Pike, la ausencia de público y periodistas en entregas de premios y ruedas de prensa, y Scott Hunter tomando un premio de una mesita, porque no había dinero para extras, por ejemplo.
Desde que HBO Max tuvo la gran idea de comprar los derechos de streaming para USA y otros países, amplió el alcance de la historia a niveles que sus realizadores nunca imaginaron, les abrieron a los actores una exposición envidiable para estrellas en ascenso, y a los fans una cantidad ilimitada de contenido que consumimos como crispetas en una sala de cine. Estamos satisfechos, pero queremos MÁS.
Como en todo fandom, hay personas que no saben cómo manejar sus emociones e hiperfijaciones. Hemos pasado por los diversos estados de cualquier grupo de fans en el span de 2 meses: racismo, invasión de la privacidad, toxicidad y HOMOFOBIA (sí, hay gente que ve una serie de romance gay y en su retorcido cerebro piensa que es solo morbo ficticio y que las personas de otras orientaciones sexuales no deben existir en nuestra realidad). Estos deforestados mentales también creen que los actores le deben al mundo revelar sus preferencias sexuales y sus relaciones interpersonales sólo porque ellos lo desean, como si necesitaran pasar una especie de test para ser aceptados en su versión de la sociedad. Yo prefiero ignorar esos comportamientos, tomar distancia en redes (denunciar y bloquear es maravilloso) y enfocarme en lo realmente importante: hacer amigos que tengan el mismo desequilibrio mental que yo.
Creo que desde Game of Thrones no vivía tan de cerca la tendencia de un show en redes sociales, y nunca en mi vida me había visto envuelta en una histeria colectiva de tal magnitud causada por un producto de entretenimiento. No soy swiftie, no fui belieber, ni directioner. Ni siquiera en mi época de fan adolescente de Backstreet Boys, o en mi época de joven adulta emo con My Chemical Romance viví algo similar. No me había sentido tan... parte de algo como en este momento de mi vida. ¿FOMO? ¿Qué es eso? ¡Lo estoy viviendo todo! Es la sensación más ridícula y maravillosa que he sentido en los últimos años.
¿Por qué nos afecta tan profundamente a las mujeres de cualquier orientación sexual una serie sobre un hombre bisexual y un hombre gay enamorándose? Bueno, hay varias teorías. La que mas me gusta es que estamos despojadas de expectativas propias reflejadas en el interés romántico femenino, y que, desvinculadas de esa presión indirecta, podemos difrutar más libremente este tipo de producto en específico. Mejor dicho: como no vemos a esa mujer que no somos en la pantalla, disfrutamos libremente en piyama, a media noche, comentando con otras personas bajo el mismo hechizo lo mucho que nos conmueven las interpretaciones de los actores, y lo mucho que nos gustan sus cuerpos.
Y la locura no para frente al TV. Durante la transmisión de la serie (se lanzaba un episodio semanal) diferentes bares comenzaron a tener noches de Heated Rivalry en Canadá y Estados Unidos, en las cuales los fans se reunían a ver la serie, como en la época de la previamente mencionada Game of Thrones. Ahora que terminó la primera temporada, el fenómeno no se detiene. Hay organizadores de eventos haciendo fiestas temáticas de la serie, rumbas a gran escala, donde no solo suena la música presentada en la serie, sino que como fondo en las pantallas usan edits, videos hechos por fans, para ambientar la parranda. Es algo ridículo. No quiero que pare hasta que esa locura llegue a Colombia y pueda ser parte de ella de esta forma también.
He recomendado esta serie a diestra y siniestra, me volví el meme de "no le pongan el tema, hablará por horas", he sacado de donde no sabía que aún había deseos para volver a escribir (que ha sido mi pasión toda la vida), y he visto más fan art de Heated Rivalry en los últimos 2 meses que de Star Wars en los últimos 2 años. Es un fenómeno, te guste o no, y ha causado que mucha gente encuentre felicidad reencontrándose con sus pasiones, o descubriendo nuevas, en una coyuntura global llena de desesperanza y oscuridad. Es una especie de bote salvavidas (shoutout a Welcome to Derry, otro show fantástico de 2025) en el que estamos sobreviviendo a la noche oscura mientras esperamos el amanecer, y si lo hacemos de la mano de otras personas que disfrutan este tipo de romance, sin cinismo, no nos sentimos tan solos.




Comentarios
Publicar un comentario